martes, mayo 16, 2006

Historias de micros



EN EL MICROBÚS[1]

El hombre sucio y mal vestido que viajaba en el microbús, junto a nosotros (pasajeros de la hora 23 de un domingo de enero) leía, al igual que yo, tratando de descifrar las letras bajo la escasa luz que nos acompañaba. De pronto se inclinó hacia el pasillo y le preguntó, en voz muy alta, a un vecino del asiento de la corrida de enfrente (que estaba ubicado directamente en el asiento delante del mío).

-¿Dónde puedo comprar zapatos “Pluma 21”?- el interpelado no respondió, el hombre continuó –en ninguna parte. Ya no los hacen, ¿sabe por qué socio?... porque yo los usaba y la gente es envidiosa, por eso ya no los venden más, de puro envidiosos.

Luego se preguntó si era necesario que se matara él o, al contrario, matar a los envidiosos.

Otro luego las emprendió conmigo y mi pelo largo para estas fechas. El sujeto me preguntó que cuál era la mejor marihuana para mí. No le pude responder y entonces me dijo que si creía que no se notaba que yo igual fumaba marihuana, pero que aunque me hiciera el loco no pasaba desapercibido.

No le pude responder y decirle que la mejor era la que fumábamos con mis amigos, cuando yo sí consumía. No le pude responder porque estaba ocupado perpetuando ese momento de libertad que él tenía, lo estaba transcribiendo en los máximos detalles que podía captar.

Luego se sucumbió en el silencio y en el éxtasis de la novela erótica que le capturaba la atención (era una novela erótica, según deduje por la portada de aquel ajado libro, en el cual se veía una imagen parecida a la de la portada de “Memorias de una Pulga” que está en mi biblioteca).




A LA BAJADA DEL MICROBÚS [2]

Rumbo a mi trabajo bajé del microbús un par de cuadras antes, como suelo hacerlo, para fumar un cigarrillo mientras camino sin prisa alguna (para mí ese es un placer incomparable). Era el viernes de aquella semana que denominan santa.

Caminaba abriendo el humo exhalado, cuando una música invadió el aire, que por suerte en ese momento no estaba contaminado por los ruidos habituales. El sonido de una armónica llegaba hasta mis oídos, era una mezcla de blues y religiosidad. Busqué y encontré a quien interpretaba la melodía; la imagen quedó ubicada, incrustada en mis retinas; por una de las pistas de la avenida, cuyo nombre no viene al caso, transitaba un anciano tirando un triciclo lleno de cartones; no lo guiaba en la forma habitual, ya que un cordel pasaba por su cuerpo, a la altura del estómago, y sus manos se posaban en el bendito instrumento. La melodía era una mezcla entre improvisación de una canción evangélica que conozco de antaño, acompañada del sentimiento que le imprimía su interprete, al que parecía le agradaba y ayudaba a sobrellevar su carga.

(Era viernes santo, según indicaba el calendario, y si dios existía en ese momento, estaba avanzando por una de las pistas de la avenida, rumbo al límite poniente de esta ciudad. A él poco podían importarle las protestas en Washington o el caso de Elían, el niño balsero en Miami, o el qué crestas pasará con la cultura en este nuevo gobierno. No. Él no estaba para esos trotes, él estaba en y para lo suyo: la armónica, su triciclo y sus cartones).

[1] Del proyecto “Paisajes”, que pretende recoger instantáneas de la vida urbana.

[2] Escrito en abril de 2000.

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