domingo, abril 02, 2006

Estando presente me voy de viaje...



Estando presente me voy de viaje
por la cresta del mundo,
qué más puedo hacer
que pagar la soledad presente
(del verbo ser y estar)
con dejarte vagar a mi lado,
el viaje es consciente.

La música y mis palabras,
mis angustias, mi extrañarte y mis palabras,
mi hija, tu hijo y mis palabras,
mis sueños y mis palabras
y todo lo que olvido nombrar,
serán el equipaje que me acompañarán
en este viaje que comencé
hace ya tres noches.

Es el destino que lo hizo así,
te tengo pero no,
te tendré a mi lado
pero te ausentaste,
mas una flor recordará
que una noche nos prometimos
una vida juntos,
mientras las flores de hoy
se marchitan en la cocina
(olvidadas junto a una planta
que lleva el nombre
que el sentir me llevó
a colocarte una noche
que será parte importante
de una historia
que quedó guardada
en el baúl de los más hermosos
recuerdos),

El amor no se puede comprar,
por lo tanto menos pagar,
y la mujer que pudo haber sido
la última virgen de un pueblo
perdido en la memoria
se deja querer
como si nada
y no capta el aroma
de soledad que quedó en el aire
antes que el último almacenero
bajara la cortina
de un negocio que fue próspero
hasta que ya no tuvo a nadie
a quien vender sus historias
de hombres y mujeres que soñaban
con un mundo distinto
(de uno en uno partieron de viaje
por la cresta del mundo),
entonces él también partirá
a reunirse con el trozo de sombra
que perdió una noche de luna llena,
hace ya tantos años
que la memoria no alcanza
para recordar tanto...

Veo en la estación del tren de este viaje
los afiches del último desembarco,
en la tierra prometida,
de un poeta que creyó descubrir
el nuevo mundo,
sin darse cuenta (a propósito quizás)
que la vida no es más que la vida,
pero que con su inocencia (ja!)
creyó que esa era la última estación...

Suena el silbato de los cazadores de sueños
azuzando a sus perros
y el hombre lleno de colores
postergará su despertar a la realidad,
lo postergará mientras sueñe
que todo será distinto
(quizá al despertar se dé cuenta
que nunca hubo palabras,
ni música, ni angustias,
ni hijos, ni sueños,
ni todo lo que se olvidó
nombrar;
entonces, al abrir los ojos,
una mañana cualquiera,
se desvanecerá todo
y sólo estará la estatua de sal
de aquella mujer
que al volver la vista atrás
no fue capaz de girar su cuerpo
y volver al camino
que alguna vez se presentó a sus pies),
para entonces sólo habrá un poeta
esperando caer la última hoja
de este otoño
que pudo haber tenido olor y color de primaveras...

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