lunes, enero 23, 2006

La desmitificación del poeta

“Yo soy un hombre solitario que fuma en un sitio cualquiera de la cuidad; la noche me rodea, se cumple como un rito, gradualmente, y yo nada tengo que ver con ella”

“El Pozo” Juan Carlos Onetti


En estos tiempos, en que los muros ya cayeron estrepitosamente y la tecnología apura el paso del ser humano, más de alguien pretenderá a lo menos insinuar que la utopías son un mito que hay que develar y entre estas utopías a las que supuestamente habría que descorrerle sus velos, los más osados podrían pretender incluso la revelación del misterio que rodea a los ya escasos seres que se nutren de los néctares; dulces y amargos, que proporciona la vida misma; refiérome a los poetas que conviven entre los seres humanos que se desplazan a diario entre el tráfico de humanidad que pulula tanto en las grandes ciudades como en los poblados más perdidos en la carta geográfica. A ellos hay que decirles que la desmitificación de un poeta nada tiene que ver con la desmitificación del ser humano, aunque si bien ambos pueden convivir dentro del mismo cuerpo, pero la diferencia entre el ser humano y el poeta está en el oler las rosas, en el despertar de cada mañana, en el caminar del atardecer, en las figuras producidas por las tenues volutas azules del humo del cigarrillo.

La desmitificación del poeta atropellaría el derecho a soñar, derrumbaría los castillos de arena, apostaría a la pérdida de los sentidos más sentidos. La desmitificación del poeta sería la negación del simbiótico microsistema de la creación, sería el asesinato colectivo de las musas, sería el arriesgarse a que las metáforas hicieran marchas de protesta por el miedo a engrosar las largas filas de desaparecid@s.

Todo lo anterior considerando que por otro lado la desmitificación del ser humano, no menos preciado porque sea la de un ser humano, resulta más simple y menos comprometedora, es decir, la desmitificación de un ser humano (salvo honrosas excepciones) no implica mayores riesgos, esto aún teniendo en cuenta que hay seres humanos que bien podrían caer dentro de la clasificación de ser poetas (aunque estos no se dediquen formalmente a la poesía), pero este incluirlos dentro de esta categoría es algo involuntario por parte de los involucrados. Ahora bien, es cierto que también están aquellos que no resisten la tentación de ser incluidos en las antologías de poetas, y visten como poetas, y caminan como poetas, y tratan de hablar como tales, pero sus guiños a la vida común y corriente los delatan y entonces ya no hay mucho más que hacer, porque si bien es cierto es posible que algunos de estos seres ganarían hasta los premios de un concurso de poesía, lo suyo son sólo chispazos de verdad, aleteos estertóricos, canapé en la mesa del hambriento; esos personajes son seres que tomaron la cartera olvidada sobre la barra del bar y, aún sabiendo a quién pertenece, usaron los pergaminos y las condecoraciones que allí encontraron, a sabiendas que nadie les enjuiciaría ni consideraría que de existir el pecado este sería el robarle a un poeta sus musas o sus metáforas, sus versos o su vino, agravando lo anterior con el colgarse el diploma que usurpan a diario (todo aún considerando que la poesía no es propiedad de los poetas, estos sólo son los portavoces de estos diversos y diferentes constructos identitarios)

La desmitificación de un poeta, es necesario insistir, es la negación de historias y mitos colectivos, puesto que aquel que se precie de estar incluido dentro de esta clasificación es una especie de cronista de sus tiempos, aún desde el que plantea la construcción de universos envueltos en nubes y doncellas, hasta aquel que no cesa de alzar la voz en la búsqueda de la concreción de una sociedad más justa e igualitaria (utilizando en su grito todas las metáforas o tropos a su alcance).

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